cuentos de medicos

Sunday, December 18, 2005

Revelaciones a Colores


REVELACIONES A COLORES

No siempre dolerá
arrancarse los ojos
para mirar la realidad
JOERAY

Se enciende una luz que crea una pantalla de colores a mi alrededor, y yo veo escrito en letras azules: “Hoy voy a morir”. Pero seguro que no moriré sólo yo. No parece haber otra cosa en que pensar. He llegado al lugar y al momento indicados.

Aquí no hay la seguridad de una cálida habitación que invite al descanso y al sueño. Mientras he estado aquí, físicamente imposibilitado, y lo que es peor, incomunicado, no hay tranquilidad. A cada instante surge el miedo de que mi cuerpo ya no soporte más, de que los médicos hagan algo, con buena intención, pero que ocurra una reacción inesperada. Que adentro como afuera mi sangre se coagule y mi corazón se enfríe. Es la zozobra. Es tan extraño: Un estado de alerta evita que mi mente se pose amorosamente sobre la superficie de la tierra. Es una impertinente luz la que me tiene siempre despierto, en guardia, pendiente de cada movimiento, de cada sonido, de cada olor, de cada artefacto de mi memoria. Así, sin poder tener un sueño plácido como el de los amantes satisfechos.

Nunca había estado de este lado del espectáculo. Los miro y me dan hasta miedo. Unos vienen, ni siquiera me miran, hacen sus anotaciones, hasta se ríen con alguien, miran por sobre mi cabeza (el monitor de signos vitales, supongo), y se van. A los otros, mas jóvenes, los veo compasivos, a veces he sentido que me miran como a alguien a quien quisieron mucho. Tratan de encontrar mi mirada; nunca lo logran. Lo sé porque la ansiedad de sus rostros no se borra. ¡Si yo estoy aquí! Temo que ya me convertí en un fantasma. Ellos me miran como a una estatua que recuerda a algún buen tipo que algún día fue… Y se van. Todos se van. Hasta mi eterna madre se va. Pero sólo de mi vista, porque está dentro de mi, dentro de lo que se podría llamar corazón. Pero hay algo que no se ha ido, que más bien desde que nació en el centro de mi pecho, no hace mucho, ha huido a posarse justo en la planta de mi pie derecho. Es un frío pesado y profundo, que no da miedo.

Mi nombre es Fernando y era médico. Fuera del hospital era un sujeto normal como todos. Pero ahora ya nada es igual. El tiempo ya no es tan normal como se acostumbraba. Puedo sentirlo ir y venir, traspasando mis ojos de búho. Se mezclan los tres momentos: pasado, presente y futuro. Tampoco yo soy el mismo; mi cuerpo y mi mente funcionan en una extraña armonía que nunca la hubiera imaginado. Por ejemplo los sonidos de todos esos monitores me suenan a veces a las campanas de la Iglesia de San Luis y otras a la música que siempre me gustó. A veces creía estar muy cerca del sol, y lo que sucedía es que estaban alumbrándome con una lámpara para colocarme bien el dispositivo en la traquea. Luego quedaba abandonado en las más profundas tinieblas. Y ni que hablar de los olores… Recién nomás alcance a distinguir un olor fino y delicado, como si una enredadera de flores nos estuviera invadiendo por las ventanas. No era eso: era la botellita con la etiqueta “Pentotal”.

Todo empezó una noche. No recuerdo bien si fue ayer. Y quien sabe sea mañana… Iba con Luis al bar árabe de las hojas de té. Al cruzar la calle sólo vi una intensa luz, que como un cometa asesino se vino sobre mí. Luego ya estaba tirado sobre el asfalto mientras el auto asesino se perdía por la esquina. Arriba la ciudad y sus luces, abajo el negro asfáltico que como una garra de la parca me reclamaba en ese mismo momento, sin importar mi juventud, ¡como si a la muerte le importara las edades! Muchos acudieron a presenciar la novedad del accidentado... Los miraba y los escuchaba y ya no pude decirles nada. Más tarde o más temprano, cuando entré a esta sala llena de maquinarias sorprendentes me dije que esto no podía estar pasándome. No a mí… Desde entonces cada mañana el médico más joven le informa de mis signos vitales al médico más viejo, quien como un gran administrador dice para todos que es una pena, tan joven, que todo depende del respirador artificial al que estoy conectado, que alguien debe tomar la decisión. Pero que el no será. Al menos no en su turno.

Y los días se acumulan o se van descontando; no sé. Me hago preguntas o me las hacen; tampoco lo sé. Solo sé que esto se ha convertido en un viaje por los parajes más intensos de la vida, que es ajena y de todos, un inmenso mar que me posee todavía, en el que da gusto ahogarse. Es la vivencia mística de estar en comunión con cada milímetro del espacio y con cada detalle de nuestras conciencias, de sentir como propia la sonrisa de un extraño o el ronroneo de un gatito.

Hace unos momentos (tengo que contarlo) la vi pasar. Me pregunto qué hacía ella por aquí. Estaba muy cambiada, ya no tenía la misma mirada de alegría inmensa de antes; pero era ella. No sé si la vi allá afuera o aquí dentro de mí; pero la vi. De inmediato pude aparecerme al pequeño hospital rural en el que empecé a ejercer la medicina, tan pequeño y solitario como un guerrero esquimal dispuesto a enfrentar la adversidad desde la adversidad. Recuerdo claramente lo que me dijo cuando su parto al fin llegó. Siempre hablando como si alguien le sujetara la mano, entre pujos y descansos, me soltó su historia de esos nueve meses de alegría pero sobre todo de vergüenza. La noche que estuvo con su pelado (así le llamaba) conocieron los misterios de sus cuerpos tal como solamente el amor los puede desvelar. Pero el se fue. Ella ya lo sabía. Luego le costó mucho trabajo entender que todo ese amor, que más fue físico, tendría como consecuencia un precioso hijo al que tanto llegó a adorar y esperar. El lastimosamente nunca lo vió así, y ni lo hará jamás. Es más: se despidió, según él, con la duda de su paternidad, traicionado y ofendido. En el Hogar de Madres Solteras que le había acogido estaban 12 adolescentes en su misma condición, quienes todavía pensaban que lo que en realidad tenían era una enfermedad de la que pronto iban a ser curadas... Y sucedió. En el momento del parto ya no era ella. En un éxtasis, mezcla extraña de dolor y gozo, gritaba que la ayude mientras se sujetaba de lo que podía. Con un cariño que ablandaría a cualquiera le pedía a su pequeño hijo que salga, que venga a sus brazos. La expulsión del bebé era inminente. Yo, que me dejé llevar por tanto sentimiento, tuve que volver a ser técnico y evitar que el pequeño se demore en salir o se resbale por un costado. Al ver su carita de ángel dormido que se despierta, limpié sus narices y guié su pequeño cuerpo para que venga a mis brazos. Lo miré y abracé por ella. Corté el cordón umbilical. La tijera del corte ya no era un instrumento: Era la mano de la vida que le permitía empezar a ser libre. Luego de un respiro profundo, empezó a chillar… Y vino el eco de esos chillidos originales, en el primer acto de rebelión de la vida contra la adversidad del mundo. Pero creo que no fue ella. No me reconoció. Seguro que si me miraba bien, se hubiera acercado. Bueno ya no pienso más en ella, es que de nuevo siento ese frío que siempre está allí. He sentido que empieza de nuevo a moverse, mientras un tibio calambre recorre toda mi espalda. Lo que no me importa para nada, pues el llanto de libertad de ese angelito, hijo de la vida, lo inundó todo y expulsó todos esos sonidos de maquinaria electrónica que a veces ya son insoportables.

Alguna vez ya estuve por aquí, cumpliendo la rotación de médico interno como todos. Pero sólo vine, vi e hice mi trabajo. Es la Terapia Intensiva del Hospital. Un lugar de eterno movimiento, parecida a la sala de control de alguna nave espacial. Confundidos entre las pantallas, cables y mangueras estaban los pacientes, todavía calientes. Me dio tanta pena. Todos acostados fuera de sí (suponía) como un bosque quemado, sin poder ni moverse, sedados o dormidos. Pero ahora todo es muy distinto. Al borde de la vida nuestras voces verdaderas gritan justo por debajo de esa música de monitores y alarmas. Veo que todas mis fuerzas físicas ahora mueven un huracán interior de recordar y recordar. Y los pocos afectos que me sostienen en esta cuerda floja de la vida se multiplican como estrellas… Es más: ya han aprendido por donde abandonarme: por los ojos. Por donde toda la gente que me mira empieza a buscarme. Sí, a mí, al ya perdido… Hasta se han atrevido a decir que ya soy el finado, vestigio de una persona, rey de los epitafios. Creen que no me doy cuenta. ¡Vaya!, yo me siento más persona que nunca... Todo es recuerdo; ¡me parece tan natural que hasta el futuro de construya con recuerdos! Acabo de ver a mis dos vecinos, que están tendidos en sus camas aerodinámicas, y ya sé algo de ellos. No sé si hemos hablado... En todo caso me he comunicado con ellos. Fue como una comunión: un compartir la misma mirada. El anciano operado del corazón me contó, desde la serenidad de su último refugio en el camino de la vida, que quería morirse. Sí, el estaba tranquilo y no tenía miedo. Creía que era lo justo para él y para los suyos. Pero hoy en la mañana lo llevaron, sentado en una silla de ruedas, donde iba más inmóvil que una roca. Dijeron que le llevaban al piso y desde allí, en un par de días, a su casa... El joven atropellado igual que yo, en cambio, quería vivir. Al conversar sus ojos se iluminaban cuando nos pedía más tiempo. ¡Si fuera cuestión nuestra! Es casi un niño… “Ni siquiera he empezado a soñar”, decía. Mientras una lágrima desaparecía en su boca, gritaba en su interior que amaba demasiado a sus padres y amigos. Hoy vi como lo llevaban, frío y envuelto en unas sábanas blancas. Prometió no llorar. Y no lo hizo. Detrás de él iba ese sujeto de las preguntas. Es raro. Es la única persona aquí que parece entender lo que nos está pasando. Al irse me miró. Sé que va a regresar. Al mirarlo el frío de mi pie derecho desapareció, ¿o es que me enfrié completamente, y por eso no lo noté?

Esta Sala de Terapia Intensiva es un lugar muy complicado. Es difícil reparar en tanto detalle, especialmente cuando uno hace sólo su trabajo. En esos tiempos de eso se trataba, de ser rápido y eficaz. El demorarse en detalles o dudar podía ser mortal. Eso lo saben bien todos quienes trabajan aquí. Desde mi cama veo a esta sala como una ciudad del futuro con máquinas sorprendentes: monitores de luces inteligentes, tubos que llevan oxígeno, cables de todos los colores que ingresan en nuestros cuerpos... Es fantástico: el cuerpo en comunión con las máquinas. ¡Que acto de piedad más moderno!: las máquinas nos cuidan y alimentan, nos sostienen vivos. Quien lo diría: vivir gracias a las máquinas. Este hecho me dejo perturbado. Pero me tranquilicé cuando recordé que las máquinas son construidas por hombres… Hay cables que registran los impulsos eléctricos de mi corazón para vigilarlo y poder darle ayuda si lo necesita. Una manguera lleva aire con olor a aceite a mis pulmones, mientras siento que me ahogo con mis secreciones (algunas de mis funciones corporales ya están demás y no dejan que el respirador artificial trabaje bien...). ¿Termina la vida?... La muerte seca y fría esta quitando la impertinencia de mi cuerpo de seguir dando calor. Unos tubos me alimentan con unas sustancias espesas de color agradable, cuyo sabor nunca conoceré. Realmente la medicina esta obligada a pensar en todo: Cuando el dolor es insoportable y el sueño es pobre, sólo tienen que ponerme en al vena un poquito de un líquido dorado para que el sueño sea agradable y el dolor se transforme en paz y hasta en satisfacción. Pero sólo es temporal. Si ellos olvidan la dosis siguiente el dolor y el agobio retornan lentamente a instalarse en todo mi ser, recordándome que soy yo con mi vida en las garras de la muerte. Es cierto: No hay momentos de tanta soledad como los del nacimiento y la muerte. Un gesto o una palabra son tan lejanos para mí como el sol para un murciélago. ¿Que queda ya?... Pero si pudiera despertarme, como ellos dicen, les comunicaría que el enfermo no soy sólo yo, también están quienes nos cuidan, que a veces se enferman de indiferencia y tiranía. Se confunden con las máquinas, de tal manera que en ocasiones uno no sabe si lo que estuvo con nosotros toda la noche fue la conversación resurectora de un amigo o el ruido cadente del respirador artificial. Hay que decirles que no todo se reduce al dolor físico, sino que necesitamos ya un nivel superior de terapéutica: Algo para recordar la felicidad (tres veces al día), una medida anti-sufrimiento (en infusión continua), una buena dosis de paciencia (por razones necesarias)... Realmente estoy al filo de la vida... Talvez he pensado así por culpa de ese frío que ha empezado a querer de un salto abrazar mi frente. Yo, en una actitud elemental de defensa, he querido darme vuelta sin que mi cuerpo, macizo y ahora unido a las cosas, me responda. Poco a poco, pero sólo cuando ese frío paralizante se expande dentro de mi cabeza, el curso del tiempo se enlentece y caemos en un círculo de un mismo sonido y un mismo olor que se repiten, lo mismo y lo mismo… Hasta que me libero y vuelvo a mi lugar en ésta cama, mareado y cansado.

Sí, la muerte realmente siempre nos queda demasiado grande. Uno intenta saber de ella, cree que tiene una idea respetable, pero en el instante que se está cerca, se regresa con el rostro pasmado, no sé si de gozo o de terror. Claro que no es común que la gente vaya encontrándose con la muerte a cada rato, a menos que uno sea asesino en serie, deportista extremo o… médico. Eso más: Uno le queda viendo desde fuera… Hasta hace un tiempo creí saber lo que era. Al llegar acá fue espeluznante mi sorpresa: El sueño eterno en el que creía aparecía como algo indefinible, intocable para la mente humana. Pero tan real y aplastante como un agujero negro. (He terminado dando una definición o anti-definición). Lo malo es que no coincido con nadie, de eso estoy seguro. En todo caso, durante este tiempo mi terror se ha transformado en respeto. Ya no miedo porque resulta que la posibilidad de la muerte siempre estuvo conmigo.

Casi inmediatamente llegó un nuevo vecino a la cama de al lado. Al mirarlo asustaba. Su cabeza estaba envuelta con vendajes y un tubo le conectaba a todas estas supercomputadoras que nos mantienen vivos. Sin que le hayamos preguntado algo empezamos a escucharlo por debajo de los sonidos que esta maquinaria permanentemente produce. Nos explicó por qué quiso matarse. Dijo que en un momento inexplicable (del cual no se arrepiente) tomó el arma, la introdujo en su boca y ¡ya!: sintió un ruido negro y frío. Lloró, pero por su acto fallido… Pronto se cansó de alabar su malvado proyecto de autoeliminación. Ya no tuvo argumentos a favor. Realmente defender la opción de la muerte desde la vida es imposible. Sólo quien regrese desde la muerte podrá sentirse con la autoridad y capacidad de decir algo en contra de la vida... Mientras tanto todos simplemente debemos dejarnos colgar en esta delicada red que ahora nos atrapa y no nos suelta: nos tiene vivos. Le habían expulsado de su trabajo por un error administrativo del que no tuvo la culpa. La vergüenza ante sí mismo y los suyos no era soportable. Así que la idea de irse para siempre (idea que la tenía en incubación desde hace algún tiempo) se aplicó a su cabeza como una sanguijuela y empezó a succionarle todas las ganas de vivir. Nos recordó el día del sumario administrativo. Esa vez tenia la cabeza pesada, se podría decir que estaba aturdido ya de tanta acusación. Al entrar a la sesión del “Comité de Instrucción”, el Doctor Martillo le guió hasta una silla que estaba frente a una mesa llena de hojas. Y ante una grabadora, que se movía como un insecto moribundo, le hizo preguntas a las que no les encontró ni pies ni cabeza. ¿Será grave?... Decir la verdad, y que eso sea un ladrillo para construir una pared de mentiras es tan desalentador como respirar dentro del agua. Claro que es posible aplastar sin piedad a alguien...”Cuando se es una autoridad de esa magnitud, todo es fácil”, nos dijo. Al inicio no nos agradó escuchar sus explicaciones, al parecer ingenuas. Querer matarse por algo así, parece cobardía... Pero cambié de parecer (sin justificarlo), y ya le comprendo: El motivo es insignificante. El problema fue lo que vino después, la avalancha que la piedrecita desencadenó. Nadie se imaginó que reaccionaría sobredimensionadamente ante el problema. Pero ¿qué se puede hacer?, no todos los hombres son iguales, y sin embargo son juzgados de igual manera. Hay razones y razones. Algún día la cultura humana lo comprenderá y en algo cambiará la moral y las leyes, poniéndolas al nivel de la verdadera condición del ser humano. No sé si pensar en todo esto en los actuales momentos me sirva de mucho, pues ese frío, negro y solitario, amablemente y sin dolor ha tomado ya todo mi miembro inferior derecho. Pronto empezó a parecerme extraña la idea de que es posible caminar o destruir con nuestros pasos las lejanías que nos separan siempre. Toda la región de mi memoria con recuerdos de carreras y caminatas desapareció. Y mis primeros pasos, por los que mi mamá se puso tan feliz, desde ahora ya no significaban nada. Era algo absurdo que yo haya caminado alguna vez y una tontería pensar que podría hacerlo de hoy en adelante. Desde entonces me siento unido a esta cama y a todo el aparataje como un extraño híbrido. Los antiguos creían que era posible encontrar en lo escondido de los bosques a hombres mitad animal. Hoy yo me encontré, en medio de este bosque tecnológico, como un hombre mitad cama con tentáculos electrónicos…

Falleció a la media hora de su llegada. Su muerte si fue triste. Su llama se apagó justo cuando vino a verlo su madre. Era una señora de un aspecto amable, con cicatrices alrededor de los ojos. La vida le puso muchas pruebas que le hicieron sufrir. Entró con una bata verde. Caminaba torpemente entre nuestras agonías y los sonidos extraños de este cuarto de máquinas. Era imposible mantener la calma, la tristeza inundaba todo el aire respirable, fría e indolentemente. La señora caminó con la mirada dirigida al frente, con miedo de lo que le rodeaba. Creo que le asustaba todo el instrumental que ya mencioné. Luego retrocedió con los ojos inundados de lágrimas. No pudo mirarlo así. “¡Pobrecito, como ha estado, hecho un cristo...!”, dijo sin respirar. Y una lágrima cristalina, que por un momento fue el centro de gravedad de todo este espacio lleno de toda la tristeza posible, cayó. En un instante tan largo como la zozobra previa a la muerte, esa gota de tristeza líquida golpeó el piso con la misma violencia que destrozaría un cuerpo vivo en caída libre. Y sucedió: la muerte lo enfrió o el frío lo mató... En ese instante supe que cuando no sentía mi frío (ese que empezó en mi corazón y salto a mi pie derecho), era porque también iba a instalarse en otros cuerpos. Hoy lo vi mientras regresaba a posarse en mí. Poco a poco lo voy conociendo; conmigo se está demorando por alguna razón. Ya ha tomado mis extremidades y viene por el ombligo luego de apagar todos los recuerdos que el amor físico me había dejado. Un rayo helado se disparo a mi pecho pero pronto se enfrió. Por un momento lo sentí tan dentro de mí que ese día terminé en un silencio mental que parecía eterno: solo, en esta sala, escuchando ese eterno zumbido maquinal de panal de abejas. Era inexorable, iba a ser el siguiente…

Mis días aquí no tienen dueño. Vivo o justifico mi vida de ahora (de puro pensar y sentir) con la esperanza de que la poca temperatura que calienta mi cuerpo se mantenga terca en su lugar, sin dejar que el resto de mi existencia también se paralice o enfríe. No tenía que luchar. ¡Cómo iba a imaginarme alguna vez que la gran lucha de mi vida seria contra algo que no conozco, que viene como un frío insolente e ineludible, siendo el testigo de mi expulsión de mi mismo, hasta llegar al punto infinito de quiebre y de no retorno! Los primeros días como un rebelde arremetía contra todo. “¡Señor, cálmese!”, y yo lanzaba los frascos de medicación y lo que mis manos podían alcanzar. “¡Señor, qué hace?”, y yo pateaba a los médicos que se acercaban a examinarme. Por eso me amaniataron y yo les condené en nombre de mis derechos humanos. Ahora ya tenía que irme. De una buena vez tenía que terminar yo mismo con esta tragedia… Pero no era posible. Cerré mis ojos, me dispuse a abandonarme en manos de lo que sea… Justo cuando mis párpados terminaban de caer, a punto de darme más oscuridad, alcancé a mirar su mano, delicada y con venas llenas de sangre caliente. ¡No podía creerlo…! Esta vez vino solo y con un gesto de dureza y resignación dirigió su dedo en línea recta hacia el interruptor. ¿Por qué tenia que apagarlo? ¡No tiene derecho…! No merezco morir así ahora que sé cuan delicada y poderosa es mi vida, cuanta posibilidad de bondad, belleza y felicidad hay en mi corazón… ¿Es que acaso no era capaz de darse cuenta?... ¿Cómo le imploro piedad?... ¿Habrá alguna fuerza que le impida apagar el aparato? ¿Será posible que por alguna vez la máquina no responda la orden o que el botón este dañado?... Finalmente lo apagó… Sobrevino en un instante apocalíptico la negrura de la pantalla de mi televisor. Lo apagó... El me dijo que no podía ver esos programas, y peor a esas horas de la noche. Yo no le respondí, sólo me levanté del sofá y caminé a mi habitación con la idea fija de que yo no iba a ser el siguiente, mientras un frío demencial empezaba a traspasar la ciudad entera.